Amar y ser libre

A propósito de San Valentín, ese día comercial tan celebrado por los enamorados, esos mismos que proliferan declarando su amor en las redes. Pero con el amor hay matices, también siguen imperando los reservados, que prefieren vivir el amor a puertas adentro. También están los que están en pareja y son presas de un vínculo tóxico de inseguridad y miedos, donde no hay respeto ni coincidencias. Lo cierto que a esta altura del partido, cualquier persona madura sabe que por amor no se sufre. Solamente el desamor duele y deja una herida abierta por la que entran fantasmas, inseguridades y temores.


No podemos temer al amor. El miedo al rechazo o al sufrimiento o al compromiso mal entendido nos hace huir de él. En el mapa del alma cada uno ha creado sus programas mentales para tener esa relación agridulce con el amor, pero todos coincidimos en algo, todos podemos aprender a amar, o a amar de una forma sana. A veces basta con entender nuestro pasado, templar nuestro presente y crear nuestro futuro. Puede que en este San Valentin muchos descubran que lo que les hace bien es la soledad buscada.


Algunas personas tienen un temor exacerbado a la soledad y son capaces de aceptar cualquier cosa con tal de no estar solos. La realidad es que nadie nos enseña a amar y ser amados.




Oscar Wilde decía que amarse a uno es mismo es el comienzo de un romance para toda la vida pero cuando somos dependientes emocionales, nos enamoramos de otra persona y nos olvidamos de nuestra integridad y hasta de nuestra individualidad. Los cuentos de hadas iniciales se desvanecen en cuanto asociamos al amor con posesión, celos, competencias y cuando creemos que nos debemos fundir en el otro. Entre los dependientes emocionales encontramos a los adictos a la sumisión, que idealizan obsesivamente al otro y muestran una desmesurada necesidad afectiva. Ese desequilibrio hace que busquen personas con un perfil concreto: déspotas, conflictivos o engreídos. Esta situación hace descender al otro hacia los infiernos, al punto que algunos aceptan que su pareja salga por ahí con otras personas o hasta justifican cuando ejercen la violencia verbal o psicológica.


La sensación de falta de libertad llega cuando siento que mi pareja me está asfixiando. Eso se ve en el caso que mi pareja sea dominante y busque controlarme por medio de la hostilidad y la agresividad. El narcisismo del dominante necesita alguien que lo adore y los idealice hasta la locura. También aparecen los adictos a los romances, que muchas veces fantasean que el otro es una cosa que no es. No les interesa tanto lo que sientan sino que crean una idea de la otra persona, son esos que escuchan un “no te quiero” y siguen adelante empecinados en conquistar o creer que el otro va a cambiar.

Hoy la mujer ha alcanzado la independencia económica pero no siempre esa autonomía implica independencia emocional. Muchas mujeres resolutivas en cuanto a lo económico son muy dependientes de una llamada, de unas palabras y se sienten vacías sin una relación de pareja. También ocurre con algunos hombres. Son esas personas que se sienten débiles si el otro les da demasiado espacio. En realidad, los momentos de soledad nos permiten disfrutar de nosotros y luego sumarnos con más energía al otro.


Resulta frecuente que los enamorados se dediquen arrumacos y frases como “te quiero”, “contigo hasta el final” pero hay algunos para los que la frase “te amo porque te necesito” se convierte en una declaración literal de intenciones. Amar es bueno, amar demasiado no lo es. La dependencia emocional me hace actuar de forma compulsiva y obsesiva, dándole muchas vueltas a las cosas y mostrando ansiedad cuando el otro no responde como espero. Cuando encuentro el espacio para que ambas independencias sean compatibles, la presencia del otro nos enriquece.


Cuando dos personas se unen, hay dos seres que aman y a veces creemos que debemos ser uno y ese es el gran error en las relaciones. Debemos preservar nuestro espacio e individualidad porque la pareja implica precisamente dos personas. Cuando amo con independencia emocional, respeto tanto mis necesidades como las del otro, sin egoísmos. Es un amor donde doy lo mejor de mí pero eso no significa que sacrifique mi vida. El amor se siente, no se enseña, se transmite, no se ordena y se da pero no se pide. Para cultivar la independencia emocional, debo lograr un equilibrio entre lo que no quiero renunciar de mi personalidad y lo que debo ceder para que mi pareja se sienta respetada y feliz. Debemos reforzar la autoestima, querernos más allá de querer al otro, pedir ayuda terapéutica o familiar en caso de estar pasando momentos de dependencia emocional.


El amor de pareja no es un sacrificio, tiene que ver más bien con la libertad, la responsabilidad, el compromiso y la generosidad y principalmente tiene que ver con un espacio de crecimiento conjunto. Y para resumir estas ideas, comparto el programa "Ruta feliz" que hicimos hace unos años para el canal NSTV de Uruguay.


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