A propósito del 8 de marzo, trazando nuevos roles


Durante décadas, hemos sido irradiados por días luminosos que nos permitía ver al otro de una forma transparente, sin tapujos y de forma previsible. El concepto de ser hombre y ser mujer no era puesto en cuestionamiento. Tras años de fogonazos que iluminaban una mujer y un hombre con roles claramente identificables, ha sobrevenido un crepúsculo donde nada parece claro. Cualquier tipo de oscuridad e incertidumbre genera confusión. Y así andamos los géneros, sin nociones claras de lo que es ser hombre y de lo que implica ser mujer. Se trata de ser y sentir al mismo tiempo que vivir pero aun muchas mujeres piden disculpas cuando se atreven a decir una mala palabra y sienten cierto prurito cuando expresan sus opiniones sobre su ser sexual. Hoy se dice, se habla pero no siempre ese discurso fluye coherentemente con los hechos.


En este nuevo mundo de roles desdibujados, el hombre abastecedor del hogar está en crisis. A su vez la mujer ya no le pide al hombre que sea el principal proveedor económico. Pero eso no impide cierta contradicción femenina en el caso de que ella deba mantener el hogar. Todo esto no es más que la consecuencia del mundo hipermoderno y paradojal en el que vivimos. Posiblemente esa sea la causa de que los psicólogos tengamos trabajo. La gente viene con conflictos, que comienzan rotulándose como “conflictos de pareja” pero en realidad son conflictos interpersonales. Ella espera que él sea democrático pero proveedor. El espera que ella sea una geisha pero que trabaje y sea independiente. Entonces allí se van gestando los conflictos de pareja porque tanto varones y mujeres, tienen en su interior expectativas contradictorias que conviven en desarmonía. Esto es el estado que caracteriza a lo que se llama la transición social. Este es el mundo en el cual vivimos.


Ni que hablar de la crisis del estado patriarcal y los discursos rotundos sobre el fin de la familia. Aún hoy algunos pensadores se cuestionan si podemos continuar utilizando la categoría de función paterna o función materna. Aparentemente son funciones muy bien codificadas y establecidas. Desde fines del siglo XVIII, a pesar de los reclamos de igualdad, a la mujer en la sociedad burguesa se la trata de retrotraer a la función materna. Pero el pos-feminismo cuestiona la utilización de estas categorías cuando en muchas familias, el aporte mayor es el de la mujer. El hombre también quiere estar más en casa. Las funciones paterna y materna se desdibujan, y antropológicamente eso se ve muy bien en otras sociedades. En el momento actual, esas designaciones son engañosas, encubren y confunden.


Pero sin duda, estamos asistiendo a un cambio vertiginoso en los vínculos entre hombres y mujeres. Ellas dicen que ellos no las escuchan, no las comprenden y no expresan sus sentimientos. Ellos dicen que ellas son demasiado curiosas, que se han masculinizado demasiado, que asumen una agresividad inusual en otros tiempos.

Las nuevas generaciones de hombres vienen haciendo un recorrido hacia su ser más sensible, similar recorrido que han hecho las mujeres hacia su ser más emprendedor y resolutivo. Tanto ellas como ellos han comenzado a decir no. Ni ellas pueden ser las reinas del hogar al mismo tiempo que crían a sus hijos y triunfan en su profesión. Ellas demandan ahora apoyo moral, emocional y no tanto económico. En el marco de mi libro "Las mujeres y los hombres que no aman demasiado", entrevisté a Mariona, odontóloga catalana, que en ese entonces contaba con treinta y tres años, en pareja hace un año con un hombre belga de treinta y ocho años. “Sinceramente me parece un atraso total que se esté hablando de cambios de roles. Somos personas. Qué más da que tenga un papel de hombre o de mujer. Hay diferencias pero las que puedo tener con mi mejor amiga. Mi pareja no es español, es europeo y pienso que viene de una sociedad mucho más evolucionada en ese sentido. No hay un cambio de roles tan marcados. Aquí venimos con un papel muy diferente del hombre y de la mujer, obviamente somos distintos. Mis amigas forman parte del mismo colectivo, mujeres independientes que nos ganamos bien la vida, por lo cual al no haber diferencia económica, la igualdad se da a todo nivel. Mi pareja no le da importancia a que yo me gane bien la vida. No creo que haya dificultad de comunicación ni desencuentro. Para mí, hay una diferencia fisiológica. La mujer a los treinta y pico quiere tener hijos, los hombres no. En caso de algunos hombres, que pueden alargar más el tiempo, lo alargan. Con mi pareja actual tenemos los mismos objetivos”.




Del mismo modo, ellos expresan cada vez más sus sentimientos, sus miedos y exponen su sensibilidad. También el cambio más notorio del hombre es su atrevimiento a decir no, a establecer sus límites en torno al ideal que lo muestra como el ser racional, principal proveedor y cuidador del bienestar económico. Si ellas ya no quieren reinar en su hogar, ellos ya no quieren ser únicamente los que cuidan el dinero y callan sus penas.


Gabriela, creativa publicitaria uruguaya de 34 años, casada con un hijo es un ejemplo de una mujer que ha logrado un reparto equitativo de las tareas domésticas en su hogar. Además, percibe más salario que su marido y eso no ha sido un impedimento para la evolución de su pareja. “Laboralmente me siento muy satisfecha, encarando nuevos desafíos, buscando mejorar día a día. Mi vida social es genial. Tengo y mantengo buenos amigos y tanto mi vida familiar como de pareja es también muy buena, aunque con altibajos, pero básicamente puedo afirmar que vivo enamorada. Creo que lo que más me gusta de mí es mi cabeza, mi capacidad infinita de trabajo y mi forma de querer. Disfruto cuando me río y cuando resuelvo problemas propios o ajenos. Pero claro me quejo de mi poca fuerza de voluntad para ir al gimnasio y cuando estoy peleadora o excesivamente crítica”.


Alicia, empresaria de Barcelona, de 30 años cree que el cambio de roles no es un fenómeno nuevo. “Creo que las mujeres hace veinte años, ya comenzaron a cambiar. Los hombres, cuando tenían 20 años se pensaban que eran cazadores cuando éramos nosotras. Las mujeres iban de flor en flor. Desde los treinta a los treinta y tres, es la edad crítica de ellos. Los hombres están tan machacados con las mujeres, rebotados con el género femenino, que no nos toman en serio. Nosotras como no estamos traumadas, queremos vivir historias apasionadas. Les toca a ellos limpiarse un poquito, quizá los que están desde los treinta y tres a los treinta y ocho deben limpiarse un poquito. Los hombres deben curar sus experiencias para estar bien. Los hombres, que tienen treinta, treinta y un años, algunos están puros. Los de más de treinta y tres años están muy traumados con su ex. Tienen mucho pánico con empezar una relación, ellos lo achacan con que es a perder su libertad. Pero en realidad es pánico a que les vuelvan a hacer daño. Tengo mucha amistad con mis ex, rollitos varios, les da miedo volver a colgarse, perder el control de la situación y que la mujer les vuelva a dar la patada. En mi caso, lo he visto mucho ese prototipo y también en el caso de mis amigas”.

La mujer ya no hace aquello que se esperaba, hace unas décadas. La conquista de espacios de poder en el ámbito de trabajo ha propiciado cambios en la subjetividad. Al mismo tiempo, el hombre aparentemente contento con estos cambios, no tiene ya la obligación de ser el proveedor del hogar ni de ser la figura fuerte dentro de la familia. Hoy los roles se reparten en formas iguales pero esto ha generado problemas en esta transición a este nuevo modelo de hombre y mujer.


Todo esto impone una redefinición del amor. Con el énfasis en la autonomía y la independencia, los hombres y mujeres se centran en el placer y parecen olvidarse de la estabilidad afectiva. En el ámbito de la pareja, ellos ya no están dispuestos a ser los únicos que comienzan el diálogo con una mujer, ni tampoco creen que deban ser los principales cortejadores. Hasta hace unas décadas, el hombre se caracterizaba por ser el sexo fuerte, el proveedor del hogar y el más reacio al compromiso. Pero eso ha cambiado. Ante los avances socioeconómicos de la mujer, ellas han dejado de ser meramente los seres receptivos y emocionales. Mientras ellos avanzan en su necesidad de expresar su ser emocional, ellas avanzan en los terrenos públicos, asumiendo roles importantes en las finanzas, la política, la economía, la publicidad, esferas de la vida pública anteriormente dominadas por los hombres. Tras años dominando el “poder de los afectos”, las mujeres pasaron a codiciar también el “poder económico”, tradicionalmente sustentado por ellos. El hombre ha dejado de ser el principal abastecedor del hogar y se atreve a participar en actividades tradicionalmente femeninas: como la alimentación, aseo y cuidado de sus hijos. Ya no sólo aparece como la figura de autoridad y de poder para el niño. También puede ser tan afectuoso como la madre y expresa su amor a su hijo con caricias, con actividades lúdicas y hasta con charlas sobre la vida y el amor. Cada vez más, ellos expresan sus sentimientos, sus miedos y exponen su sensibilidad. Juegan con sus hijos luego de darles de comer, pasan a buscarlos por la escuela, les leen cuentos antes de irse a dormir y no olvidan establecer una comunicación fluida con ellos.


En caso de estar separado, este hombre nuevo no esconde sus emociones y expresa su deseo de rehacer su vida nuevamente. Se muestra receptivo al amor y no oculta su preocupación ante la falta de pareja. El nuevo varón no necesita su coche, ni su puesto de trabajo, ni su cuenta bancaria para sentirse más hombre. Pero sí necesita expresar su afectividad con sus hijos y con su pareja. Poco a poco, el hombre del siglo XXI ya no tiene presión de ser un padre que establece las normas ni que detenta el poder económico. Asumiéndose como padre cuidador y afectuoso se vincula con una sensibilidad, que lo diferencia y al mismo tiempo lo une más a la mujer.



Eso no evita que por la experiencia de miles de generaciones, las mujeres siguen siendo consideradas las más habilidosas en el terreno de las emociones.

Si la evolución femenina marcha a pasos de gigantes con respecto a la evolución masculina, todo eso desestructura la configuración social relativa a los géneros y por consiguiente sobreviene un cierto caos. En ese caos andamos y es tarea de todos, además de buscar iguales derechos y oportunidades, que se eduque también al hombre para aceptar esos avances de la mujer. Por otro lado, tenemos que educar en comprendeer los nuevos modelos de familia. Aunque crecen los modelos de familias monoparentales, sigue predominando el modelo tradicional y eso genera conflicto en el seno de la sociedad. Por eso, entre tantas cosas, en el VII Congreso de Autoestima y Liderazgo de Montevideo, trabajaremos las virtudes para potenciar el adentro para generar cambios en el afuera. El respeto, la disciplina, el poder, la humildad, la generosidad deben ser valores que se inculquen de forma natural a las niñas y niños, que seran las mujeres y los hombres del mañana.



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