Recuperando el tiempo perdido


En esta vida donde gobiernan los relojes, muchos tenemos la sensación que se nos evade el tiempo para el disfrute. Como el agua que se nos escabulle cuando nos lavamos las manos, el tiempo es así de resistente a su captura. El tiempo es mucho más valioso que el dinero porque es irrecuperable. Son pocos los afortunados que gobiernan sus relojes y sus vidas.

Los griegos diferenciaban entre chronos, el tiempo cronológico; el del reloj, y kairós, el tiempo de calidad. Séneca meditaría también sobre este concepto. “Todas las cosas nos son ajenas; sólo el tiempo es nuestro”. Nos cuesta creer al filósofo romano cuando pocos nos consideramos dueños de nuestro tiempo. Paradójicamente, disponemos de mucho más tiempo que nuestros antepasados. Vivimos más años, la tecnología nos ayuda y tenemos más días de vacaciones. Nunca antes habíamos podido disfrutar de tanta dosis de vida; sin embargo, cada vez nos ahoga más la sensación de falta de tiempo.

Efectivamente, tenemos un siete por ciento más de tiempo que antes, pero queremos realizar un veinte por ciento más de tareas. Antes era suficiente con satisfacer las necesidades más básicas, mientras que hoy no somos capaces de seleccionar tantas opciones como tenemos. Nuestros deseos crecen con mayor rapidez que el tiempo que tenemos para satisfacerlos.

Trabajo, atasco, niños, tareas del hogar, ocio, sentimos que nuestras vidas están teledirigidas y pasamos la vida corriendo en un intento de ganar tiempo al tiempo. Obviamente, no lo conseguimos.

Hace unos años, el periodista canadiense Carl Honore comenzó a escribir su best-seller “Elogio de la lentitud” cuando se sintió atraído de un cuento de un solo minuto. Pensó que era una muy buena idea para contentar a un niño. Cuando recapacitó, pensó que estamos viviendo un tiempo muy acelerado. Su libro se basa en el movimiento slow, que invita a un culto a la lentitud. Sus orígenes están en el “slow food”, que nace en Italia frente la “fast food” o el auge de las comidas rápidas y promueve volver a saborear la comida y los aromas.

Según Honoré, no se trata de hacerlo todo a paso de tortuga. Eso sería tan tedioso como la misma ansiedad que tendremos si intentamos hacerlo todo a paso de liebre. Se trata de reaprender el arte de cambiar de marchas, de hacer cada cosa a su tiempo justo. La filosofía Slow busca crear un mundo mejor donde se potencia el cuidado de la ecología y el culto al placer. En vez de pasar por la vida corriendo, los que cultivan este movimiento buscan la calma para poder disfrutar más. Si nos sentimos bien de salud, tranquilos, felices y pausados, podemos elegir la velocidad apropiada para cada momento. La filosofía Slow consiste en un principio muy sencillo: que hay que darle a cada cosa, el tiempo y la concentración que necesita y merece. Además de tomarnos el tiempo para cocinar con ingredientes frescos, reciclar la basura también entra dentro de las prácticas del movimiento slow. Claro que cuesta ser ecológico, principalmente porque reciclar lleva su tiempo. Antes de pensar en el planeta, somos egoístas y pensamos más en nuestra comodidad.

Las ventajas de vivir lentamente se ven también en el trabajo. El líder o el empleado sano, tranquilo, feliz y pausado, que sabe elegir la velocidad apropiada para cada momento, es más productivo, principalmente en el largo plazo. Se trata de hacer las cosas bien, en vez de siempre hacerlas rápido. Se trata de favorecer la calidad antes de la cantidad.

Muchas veces cuando estamos acelerados, ansiosos y con malestar culpamos a los demás o a esta sociedad que nos tocó vivir pero cuando estamos estresados hasta cuando nos vamos de vacaciones, ahí hay algo más de fondo. Justamente, el movimiento slow propone reinventar el capitalismo. Cuando practicamos vivir lentamente, las personas pueden trabajar, crear empresas, disfrutar del consumo pero con equilibrio.

Para conocer el verdadero valor del tiempo, debemos disfrutarlo y no sentirlo como algo que se nos evade. Si empleamos mal el tiempo, es natural que nos quejemos de su brevedad. Aunque siempre hay momentos donde practicar la lentitud, justamente cuando dialogamos con alguien que nos enriquece o cuando decidimos no responder una llamada por teléfono porque queremos disfrutar el silencio.

La enfermedad de la prisa es peligrosa para la calma del espíritu. Es preciso detenerse, serenar las emociones y los pensamientos para que lo mejor de nosotros se manifieste. Posiblemente cuando nos atrevemos a vivir sin prisas, cambiamos tiempo hacia fuera por tiempo para nosotros, para conectar con nuestras emociones. Porque todos sabemos que nadie puede ver su reflejo en un río agitado, sólo es posible verlo en aguas tranquilas.

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