Mi hijo, el Sol


No sé qué tiene la maternidad. Hasta serlo, te das cuenta que todas las frases cliché sobre este estado, resultaron ciertas. Soy especialmente niñera. Me gusta la sana inocencia, ese desparpajo en decir lo que se les canta, esa insolencia para decir lo que les gusta y disgusta. Tal vez es por eso que soy una mamá feliz. Esta relación entre el juego y la educación me atrae especialmente. Desde que me tocó ser madre, vivo en un espacio para la sorpresa, lo inaudito y lo inesperado. Desde el 9 de noviembre de 2012, fecha en que nació mi amado Nicolás, me he entregado a lo desconocido y a lo que no se permite explicar en ningún pensamiento ni en férreas creencias.

Algunos hablan de las madres como seres luminosos, nutricios, amas de casa, personas capaces de organizar economías domésticas y planear las celebraciones más especiales. Algunos las tratan de oscuras, de seres demandantes y tiranos, que deciden y rigen el destino de sus críos. Pero en cualquiera de sus versiones, la madre tiene tanto misterio como encanto. Tal vez en el hecho que cualquier nacido se pierde en ella. Volver a ella es como volver al origen, a nuestro comienzo, al principio de nuestros bienes y males. Y cuando el desamparo asoma, nos refugiamos de nuevo en ella. Cada tanto retornamos al vientre materno, a ese lugar seguro, donde el latir de corazón de nuestra madre nos tranquilizaba y nos incitaba a seguir creciendo. Cada tanto nacemos de nuevo y nos viene al recuerdo esa madre que alimentó y apoyó nuestros sueños. Algunas veces no pudieron apoyarnos en todo y hasta se opusieron o no entendieron nuestros sueños pero en esa misma oposición, nosotros nos reforzamos y más tarde el tiempo nos enseñó que bastaba que estuvieran desde la zona oscura para que nosotros nos conectáramos con nuestra luz.

Hay en ciertos rostros de madre algún dejo de tristeza, quizá por alguna pérdida, que las ha dejado indefensas pero incapaces de mostrarse vacías, andan mostrándose serenas y melancólicas. Tapan sus oídos con la idea de escuchar sólo cosas buenas porque no quieren ver el mal del mundo. Muchas han aprendido a comerse sus palabras y andan a dieta verbal y sólo cuando se les pregunta, ellas responden y nos abren su mundo.

Ser madre no es una obligación y no todas las madres somos maravillosas pero en todas hay algo extraordinario. La madre huele a una brisa suave de otoño aunque sopla fuerte como cualquier invierno y cada tanto nos hace sentir que llegó la primavera. La oímos y nos damos cuenta que no todo está acabado y al final a su manera, ellas velan nuestros sueños.

Algunos hijos tardan en llegar y algunas penan por no llegar a ese estado. Más tarde se dan cuenta que no necesitan parir biológicamente para ser madres. La parte esencial de la maternidad no es la vida que damos sino todo lo que descubrimos de nosotras mismas a partir de ser madres. Hay mucho de deseable y de admirable en cualquier mujer cuando da vida pero también hay mucho de admirar a esas madres del corazón, que se entregan desde sus estados de tías, madres adoptivas, niñeras y madrinas. Vemos que hay varios modos de ser madre y todos enarbolan la generosidad, la paciencia y el respeto como los principales valores.

Algunas parimos soles, andan iluminándonos desde el primer día, nos hacen preguntas que nos dejan perplejas, evolucionan distinto, tienen su propio ritmo que no es el estandarizado de pediatras, esos niños sin tiempo nos dan tanto que sentimos una abundancia tremenda en cada momento con ellos. Nos da gusto devolverles parte de lo que nos dan y les damos y así seguimos, respondiendo de forma valiente, decididas a dejarles ser y hacer, con límites y amor. Con ellos, vamos creando condiciones y posibilidades y principalmente aprendemos a a sentir, a escuchar, a desear más allá de lo razonable y a reír porque con ellos nos damos cuenta que la alegría es una asunto serio.

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