La decepción de siempre


A veces nos toma de sorpresa. Hemos puesto muchas expectativas en una relación, en un trabajo, en un proyecto que ante la imposibilidad que eso se cumpla tal como soñamos, llega ella. La decepción trae consigo angustia, ansiedad, taquicardia y un nudo en la garganta, que ni el mejor vaso de agua fría calma ese dolor incendiario.

Nos agarra desprevenidos. No siempre esperamos que ella llegue. Dentro de lo razonable, la lloramos y buscamos oídos y ojos amigos que nos brinden palabras de consuelo. Algunos recurren a nosotros, los psicólogos y coaches, nos piden un antídoto para aliviar ese dolor. No lo hay. El tiempo y el trabajo interior van a ir calmando ese estado fatal del espíritu. Lo cierto que ella llega como una catarata poblada de varias pérdidas, ciertas fatalidades, rupturas varias porque cada vez que alguien nos decepciona, vuelve nuestra historia a recordarnos que eso ya lo vivimos, ya lo sufrimos y volvimos a equivocarnos. Hay gente que lleva toda una vida decepcionándose y algunos le huyen tanto que buscan relaciones sin compromiso. Algunos hacen de ella un deporte. Están los que son expertos en decepcionar y los que deciden ser decepcionados en cada nuevo vínculo. Las mujeres que aman demasiado, esas que ya ilustró tan bien Robin Norwood en su best seller son esas que buscan siempre reformar, curar y estar en relaciones con hombres que no pueden amarlas porque no se aman ni a sí mismos.

Pero también son cada vez más los hombres que aman demasiado, buscan cambiar a mujeres que son frías e inaccesibles. La decepción es la reina de los vínculos tóxicos. Porque la decepción aflora en personas que deciden jugarse por algo. Cuando uno da y siente que no le vuelve, ahí es el terreno nutricio para que ella crezca. Cuando una mujer casada sigue perdonando infidelidades de su marido y tras el perdón de él, vuelve la repetición de su conducta, ahí la decepción deja de ser una pequeña planta y se transforma en un árbol frondoso. Cuando una pareja acepta que su convivencia no incluye mirada a los ojos, ni caricias, ni besos, ni respeto, ahí también aflora el terreno para que surjan bosques de decepción.

Con ella viene la tristeza, ese estado oscuro del espíritu donde los vacíos o las fotografías de otras épocas esfuman toda alegría. Pueden pasar días, meses, años de sentirse decepcionado. Es una herida que sangra e impide el gozo. Ante ella, no sabemos qué hacer y menos quiénes ser. En este no saber, ella se muestra dueña de nuestra vida y obra.

Un día descubrimos que no podemos instalarnos en ella y darle tanto poder. No podemos despertarnos con ella y mucho menos dejarle que perfume nuestras sábanas en la noche. Aprender de ella será la cuestión. Un día vemos que el amanecer con ella, deja ver un sol radiante. Entonces llega la esperanza, el volver a creer, la convicción y la decisión de tener otra mirada sobre la vida. Entonces llega el momento que una mujer u hombre se da cuenta que es más importante tomarse como una prioridad que hacerle la cena a esa pareja que la/lo niega o ningunea. Llega un momento que uno decide no escuchar más gritos ni insultos ni excusas ni justificaciones de los engaños de la otra parte y decide aprender a estar en soledad, cultivar su espiritualidad y recuperar su paz interior. Llega un momento que una persona decide dejar de amar demasiado. No es fácil el camino. Primero se debe buscar ayuda ya sea profesional o la de un amigo, atreverse a cambar ese patrón de relaciones, dejar de pensar que porque la historia familiar dice que todas las mujeres de la familia fueron co dependientes de vínculos tóxicos, se debe repetir esa historia familiar.

En el mundo de las terapias alternativas se nos dice continuamente que dejemos el ego de lado y que donemos tiempo, abrazos, dinero. Tanto nos dicen que demos, que para salvarse de un vínculo decepcionante, hay que volver al ego, volver a mirarse el ombligo y ver qué queremos y nos hace bien. Capaz que ahí dejamos de ver las gotas de la decepción, poco a poco la vemos como una lluvia lejana, que tenía que pasar para darnos cuenta lo que nos hace bien. Y ahí volvemos a nosotros con los otros. Volvemos a ser y a querer de forma sana y enriquecedora.

Leticia Brando es psicóloga, coach personal y ejecutiva y directora de la consultora Brando Coaching. Si te interesa hacer terapia psicológica o coaching personal o ejecutivo con ella, contactala a leticia@brandocoaching.com

Sigue su Twitter: @BrandoCoaching y sus webs: www.brandocoaching.com y www.autoestimayliderazgo.com

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