Entre moscardones y hembras que lideran: los orígenes de mi alma feminista

Actualizado: mar 8


Hace unos días, me desperté a la madrugada. Estaba en la cama de mi casa de Montevideo y una mosca de esas insistentes se me aparecía en mi oído derecho zumbándome con insistencia. Pude evitar que sus alas revolotearan en mi tímpano cuando me cubrí toda la cara con la sábana y continué durmiendo. Lamentablemente muchas mujeres y niños son las principales víctimas en países africanos de la malaria, esa enfermedad que es transmitida por el mosquito del género Anopheles y muchos no tienen sábanas para cubrirse. Como paradojas de la vida, tan sólo las hembras de esta especie son las que se alimentan de sangre para madurar los huevos mientras que los machos no pican y no pueden transmitir las enfermedades porque sólo se alimentan de néctares y jugos vegetales. Pero en el reino humano, las cosas son diferentes. Los machos pican hace tiempo, establecen territorio y deciden por el destino de muchos hace siglos. En momentos, son capaces de las mejores obras y de ahí podemos evocar a grandes como Leonardo da Vinci, Albert Einstein o Miguel de Cervantes Saavedra y en otros momentos, los machos de la especie humana quieren recolectar néctar, jugos, pieles, oro, marfil, petróleo y por ello inventan cacerías, búsquedas del tesoro, guerras y tratados.

Observando rezagadas, siempre han estado las hembras que aprendieron de tanto ver y ya tuvimos presidentes mujeres que detentan el poder y demuestran que se puede liderar en femenino sin dejar de usar falda ni dejar de maquillarse. Claro que surgen los comentarios suspicaces de ellos que piensan que ni Cristina Fernández, ni Dilma Rousseff, ni Laura Chinchilla se merecen haber liderado los destinos de Argentina, Brasil y Costa Rica respectivamente. Ahora que surgen los casos de corrupción parece que todos están discutiendo lo importante pero antes de que salieran a la luz estos escándalos, estas mujeres eran frecuentemente criticadas por sus kilos o su exceso de maquillaje, algo inadmisible en el caso de un hombre. Más allá de las sospechas sobre el liderazgo femenino, la mujer viene avanzando terreno pero aún su presión es mayor. La capacidad de relajación no parece posible. No sólo porque el hombre político parece que se le permite las arrugas, los kilos de más y las canas pero ellas tienen que estar impecables como si recién hayan salido de la peluquería. Algo similar resulta con sus decisiones socioeconómicas, que van a ser observadas con lupa por el propio país que las votó.

Cuando pienso en los orígenes de mi alma feminista, no me imaginaba mujeres presidentes en ese entonces. Recuerdo una vez que fui al teatro en mi adolescencia. En ese momento, observé una actriz desnuda en una escena apasionada mientras el actor vestía un short y camiseta. Me preguntaba lo insólito que todos los espectadores debiéramos ver a la actriz desnuda mientras el actor permanecía cubierto. Ya en el colegio, me indignaba cuando las mismas compañeras de colegio calificaban como “rápida” a una chica que salía con uno o con otro. Pocas veces calificaban de “rápido” al galán del colegio que alternaba entre una y otra chica. También comenzaba a sentir la frase “algo habrá hecho” de algunas vecinas cuando comentaban la violencia doméstica que había sufrido la vecina de arriba. Entonces previamente a ingresar a trabajar en “La República de las Mujeres”, suplemento del diario La República, ya tenía un cierto fastidio de las convenciones sociales que imponen el poder masculino como el único posible y que establecen que ser mujer es estar calladita, tener paciencia, ser proveedora de alimento y de afecto, no demostrar carácter ni decir cuando se tiene ganas de ir al baño o si se tiene deseo sexual. Pero claro al trabajar en “La República de las Mujeres” junto a Isabel Villar que fue mi editora durante los cinco años que estuve allí, aprendí pronto que no existen las prostitutas sino “las trabajadoras sexuales”, tampoco existen las libertinas sino simplemente las mujeres libres y también me enteré que la Madre Teresa de Calcula era menos santa que Diana de Gales. En la década del 90, este era el único medio de prensa con perspectiva de género en Uruguay en el que entrevistaba a un escritor americano, que se declaraba feminista como cubría la legalización del aborto o las luchas para una ley de salud reproductiva.

Pero principalmente lo que aprendí en La República de las Mujeres es que el 8 de marzo es un día de reivindicación y no de celebración. Las propias marcas comerciales aprovechan esa fecha para expresar sus buenos deseos y quedar así contentos en sus acciones de responsabilidad empresarial. En muchos países se titula Día Internacional de la Mujer trabajadora. Erróneamente se cree que es para celebrar la presencia de la mujer en la tierra. En realidad, el 8 de marzo es una fecha de memoria por las injusticias sufridas en la figura de la mujer. Porque lamentablemente aún en el siglo XXI muchas mujeres sufren mutilación genital en África, otras son lapidadas en Kabul por adulterio, o son vendidas por sus padres para casarse contra su voluntad o son obligadas a llevar burka porque son un bien más del hombre, o en países occidentales, muchas mujeres siguen ganando un treinta por ciento menos que los hombres por el mismo puesto de trabajo.

De todos modos, pienso que soy afortunada en haber vivido en Barcelona y en hoy estar viviendo nuevamente en Montevideo. No vivo en Kabul donde la mujer es vista como una propiedad del marido y es vendida por sus padres apenas es adolescente. Pienso la fortuna que tengo por poder decidir con quién me voy a casar y también tengo libertad de decidir si seguiré con ese hombre en caso que no me haga feliz, ni hablar si me maltrata psicológica o físicamente. Pero lamentablemente, también en países como Argentina, Chile, Estados Unidos, España, México y Uruguay, muchas mujeres ilustradas, que tienen acceso a la salud y a la Universidad, son maltratadas y se niegan a dejar su hogar porque sienten que su verdugo es también su esposo y les cuesta salir de ese círculo vicioso. Con el auge del #Niunamenos donde se han unido gente de todos los países contra la violencia contra la mujer, queda aún mucho por hacer para cambiar las mentes de esos hombres que maltratan y principalmente para cambiar las mentes de esas mujeres que los crían.

Muchas veces me conmuevo con algunas mujeres que sufren casi diariamente de indiferencia, silencio excesivo y malos modos de su pareja, o reciben órdenes de que se calle la boca, y estas mujeres tan cultas, a veces no reconocen que eso no es más ni menos que maltrato psicológico. Temen abandonar ese maltratador y no se les ocurre pensar que hay una cantidad de hombres dispuestos a querer a la mujer de forma sana y constructiva.

Por tanto, cuando reflexiono en mi feminismo, agradezco a todos los hombres que me han acompañado y no han dudado llorar cuando algo les conmueve, han cambiado pañales, han lavado platos, han preparado cenas, tampoco se han olvidado de contenerme y abrazarme cuando estaba débil, ni dejaron de enorgullecerse con cada logro mío. Agradezco mucho al macho de la especie que me enseñó que la multi tarea no es buena cosa y a veces es mejor focalizarse en una cosa cada vez.

Como ya dijo Boutros Ghali, ex secretario Gral de la ONU, “la humanidad posee dos alas: una es la mujer, la otra el hombre. Hasta que las alas no estén igualmente desarrolladas, la humanidad no podrá volar. Necesitamos una nueva humanidad. Necesitamos volar”.

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