Sobre la libertad o el derecho a ser uno mismo


Nos enseñaron en la escuela que uno más uno es dos. Pero en términos de pareja, a veces nos empeñamos en ser uno solo. Nos enseñaron que nuestros límites terminan cuando comienzan los de los demás pero algunos siguen esperando que el otro viva y piense como ellos. Nos enseñaron que cada uno tiene su propia personalidad, que es única e irrepetible pero cuánto cuesta apreciar al que se separa de la manada. ¿Cómo ser libres sin sufrir en el intento? ¿Cómo ser libres de vivir con coherencia entre lo que sentimos, pensamos y hacemos?

Si hay algo limitado es el concepto de libertad. ¿Somos libres trabajando a diario o somos más libres sin trabajo y sin independencia económica? Cuando se quiere a otra persona, ¿se es libre o se pierde un poco de libertad a cambio de felicidad?

El atrevimiento a ser uno mismo, sin imposiciones sociales es el primer acto de libertad. Luego de años de programas mentales impuestos por la escuela, el liceo y la educación de nuestros padres, el primer acto libertario es separarnos de esos pensamientos que nos han inculcado. Como mejor ejemplo de esto, el día que nos oponemos al pensamiento de nuestros padres, puede que el mundo nos señale como el “rebelde de la familia”, aunque en realidad ahí estamos ejerciendo nuestra libertad y dejando asomar nuestra madurez incipiente. El hecho de manifestar a alguien que se quiere que se piensa diferente, es ejercer la libertad y el respeto a uno mismo. “Amarse a uno mismo es el comienzo de un romance para toda la vida”, decía Oscar Wilde. Sin duda, si no estamos bien con nosotros mismos, no podremos estar bien con los demás. Ya Erich Fromm, uno de los psicoanalistas más influyentes del siglo XX, en su libro “El arte de amar”, distinguía dos formas de relación: la unión simbiótica, en la que dos son uno, se necesitan mutuamente, y el amor maduro, que significa “unión a condición de preservar la propia integridad, la propia individualidad”. La integridad y la individualidad están directamente relacionadas con el concepto de libertad.

Una forma de utilizar nuestra libertad correctamente es hallar el equilibrio entre el espacio individual y el común. En ese proceso, debemos señalar los límites para evitar levantar muros. En las relaciones de pareja, la libertad es el valor que se ve más atacado. Muchas personas creen que estar en pareja implica ausencia de libertad. Cuando una persona se enamora, da lo mejor de sí misma, da parte de su vida pero no significa que se sacrifique por la otra. Da su alegría, su comprensión, su escucha, su humor, da lo que está vivo en él. Al dar lo mejor de sí, enriquece a la otra persona. El amor se siente, no se enseña, se transmite, no se ordena, se regala, no se pide. Y el dar amor es uno de nuestros actos de libertad más legítimos.

Sin embargo, tendemos a confundir dos conceptos distintos, el de estar bien con uno mismo y el egoísmo. En cualquier relación, ya sea laboral, amorosa, familiar, es importante que conservemos nuestros valores en aquello que consideremos que es fundamental y a la vez debemos respetar lo esencial del otro. El problema con la libertad es el equilibrio. Uno sabe a lo que no quiere renunciar, sea salir con los amigos cada miércoles, irse de viaje cada mes, tener momentos de soledad los sábados, irse antes del trabajo los viernes para pasar más tiempo con su familia pero no siempre tiene claro lo que está dispuesto a ceder para alcanzar ese acuerdo esencial que le permita convivir en la línea de la convivencia y el respeto. Tampoco la sociedad está preparada para el que quiera vivir según sus códigos, salvo que la persona sea director de cine o artista plástico, ahí la libertad asume límites insospechados.

La responsabilidad de vivir es nuestra, como nuestra es la responsabilidad de equivocarnos o de tener éxito. Somos responsables de las elecciones que hacemos y las consecuencias que tienen. Por eso, es importante estar bien con nosotros y al mismo tiempo respetar a los que nos rodean.

A veces, la libertad es una posibilidad, un espacio para la sorpresa, para lo inaudito, para lo inesperado, para tomar decisiones, para declarar lo que queremos, para criticar constructivamente, para la entrega a lo desconocido, a lo que no se deja recoger en un pensamiento. La libertad es luminosa y enceguece a los prisioneros de sus creencias, de sus prejuicios, de sus convenciones. Para los que se dejan atraer por su luz puede ser un refugio para ser más flexible, para vivir sus sueños, para atreverse a ser y hacer, para crear la realidad que desean. Los libres acostumbran a ejercer la mayor de las valentías, la de ser cuidadosos y coherentes.

En la sociedad vertiginosa y automática donde impera Facebook y Twitter y largamos ideas y pensamientos en pocos caracteres no siempre logramos esa coherencia pero es nuestra obligación desearla y crearla. Convivir con la libertad de ser uno mismo es el derecho más placentero que tenemos y es la única posibilidad de vivir de verdad. La persona que se atreve a eso dice palabras que siente, hace cosas que piensa y entonces es inevitable que nos guste oírle, observarle hacer y hasta quizá comencemos a cultivar el libre albedrío de ser lo que siempre hemos querido ser.

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