En San Valentín y en todos los santos, el amor como poder y estrategia


Reflexionando en un nuevo San Valentín, fecha comercial que propone celebrar el amor de pareja, pienso en el amor como un poder. Así lo desarrollé en mi libro Las mujeres y los hombres que no aman demasiado y por eso comparto las líneas siguientes:

"En realidad, el poder de tener amor no deja de ser una estrategia más de nuestra sociedad hipermoderna. Una estrategia que tiene mucho de táctica y de juego.En ese juego del poder es que se erige el conflicto entre teoría y práctica, entre saber y deseo. La práctica no se manifiesta. El mundo onírico de los millones de solteros de España y América Latina es profundamente teórico y se necesita de una gran transformación en las redes de poder para que se logre el pasaje a la práctica. Ante el fracaso de una teoría en su acceso a la práctica, se elaboran otras teorías que sacien ese afán de acción incumplido. Estos deseos de tener amor, pareja, un compañero, que chocan con la cruel realidad proyectan un cierto pesimismo en el carácter de los solteros. No es un pesimismo derrotista sino más bien un pesimismo optimista que tiene alternativas como el gimnasio, la discoteca, los clubes sociales, las comunidades virtuales.

El poder amoroso aparece en sus distintas facetas en este mundo hipermoderno. A veces tiene como función esencial decir no. No al acceso a las ventajas sociales que conllevan compartir gastos con alguien. No a la posibilidad de lograr frecuencia sexual con otro tan diferente como compatible. No a la rutina de conocer en profundidad al otro en sus virtudes y defectos.

En este modelo de sociedad, dividida entre los que aman y los que buscan amar, los solteros no son los elegidos pero son los que pueden obrar con libertad para bien y para mal. Nadie les prohíbe ni les ruega fidelidad y lealtad ni nadie les castiga porque muchos ya dejaron el hogar familiar hace tiempo. Entonces ellos se ven objeto y sujetos de la construcción de sus deseos".

Dibujando nuevos roles mientras se desea el deseo

Hoy los hombres y las mujeres no buscan ocultar sus deseos. Los exponen, los declaran y los viven. Durante siglos, el deseo había sido de territorio exclusivamente íntimo y privado. Desde el siglo veinte, el deseo se ostenta. Deseo este coche, deseo esta casa, deseo este hombre, deseo esta mujer. Pero lo deseo siempre y cuando sea alcanzable y difícil al mismo tiempo. Lo deseo siempre y cuando no me provoque miedo ni presiones. Cuando mi objeto de deseo comienza a ser impenetrable, distante y opaco, le temo y mi deseo entra en conflicto.

Durante décadas, hemos sido irradiados por días luminosos que nos permitía ver al otro de una forma transparente, sin tapujos y de forma previsible. El concepto de ser hombre y ser mujer no era puesto en cuestionamiento. Tras años de claridad que iluminaban una mujer y un hombre con roles claramente identificables, estamos inmersos en unas tinieblas donde nadie parece encontrar la salida.

Cualquier tipo de oscuridad e incertidumbre genera confusión. Y así andamos los géneros, sin nociones claras de lo que es ser hombre y de lo que implica ser mujer. Se trata de ser y sentir al mismo tiempo que vivir pero aun muchas mujeres piden disculpas cuando se atreven a decir una mala palabra y sienten cierto prurito cuando expresan sus opiniones sobre su ser sexual.

Hoy se dice, se habla pero no siempre ese discurso fluye coherentemente con los hechos.En este nuevo mundo de roles desdibujados, el hombre abastecedor del hogar está en crisis. A su vez la mujer ya no le pide al hombre que sea el principal proveedor económico. Pero eso no impide cierta contradicción femenina en el caso de que ella deba mantener el hogar. Todo esto no es más que la consecuencia del mundo hipermoderno y paradojal en el que vivimos. Posiblemente esa sea la causa de que los psicólogos tengamos trabajo. La gente viene con conflictos, que comienzan rotulándose como “conflictos de pareja” pero en realidad son conflictos interpersonales. Ella espera que él sea democrático pero proveedor. El espera que ella sea una geisha pero que trabaje y sea independiente. Entonces allí se van gestando los conflictos de pareja porque tanto varones y mujeres, tienen en su interior expectativas contradictorias que conviven en desarmonía. Esto es el estado que caracteriza a lo que se llama la transición social. Este es el mundo en el cual vivimos.

A su vez, surge el estado patriarcal entra en crisis y los discursos rotundos sobre el fin de la familia. Aún hoy algunos pensadores se cuestionan si podemos continuar utilizando la categoría de función paterna o función materna. Aparentemente son funciones muy bien codificadas y establecidas. Desde fines del siglo XVIII, a pesar de los reclamos de igualdad, a la mujer en la sociedad burguesa se la trata de retrotraer a la función materna. Pero el pos-feminismo cuestiona la utilización de estas categorías cuando en muchas familias, el aporte mayor es el de la mujer. El hombre también quiere estar más en casa. Las funciones paterna y materna se desdibujan, y antropológicamente eso se ve muy bien en otras sociedades. En el momento actual, esas designaciones son engañosas, encubren y confunden.

Pero sin duda, estamos asistiendo a un cambio vertiginoso en los vínculos entre hombres y mujeres. Ellas dicen que ellos no las escuchan, no las comprenden y no expresan sus sentimientos. Ellos dicen que ellas son demasiado curiosas, que se han masculinizado demasiado, que asumen una agresividad inusual en otros tiempos.

Las nuevas generaciones de hombres vienen haciendo un recorrido hacia su ser más sensible, similar recorrido que han hecho las mujeres hacia su ser más emprendedor y resolutivo. Tanto ellas como ellos han comenzado a decir no. Ni ellas pueden ser las reinas del hogar al mismo tiempo que crían a sus hijos y triunfan en su profesión. Ellas demandan ahora apoyo moral, emocional y no tanto económico".

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