Irena Sendler: Coraje, paz y amor en tiempos de guerra


Tantas mujeres poderosas haciendo y deshaciendo en este siglo. Tantos mitos y leyendas del celuloide. Pero seguimos conmoviéndonos por el coraje de los seres de carne y hueso. De esta estirpe de valientes fue la polaca Irena Sendler. Esta mujer de formación católica salvó la vida de dos mil quinientos niños judíos antes que las cámaras de gas acallaran sus voces. Hoy la heroína de la resistencia polaca contra los nazis es fuente de inspiración para obras de teatro, películas y para muchos defensores de los derechos humanos.

Si el siglo XX ha sido definido como un cambalache según las visiones de Enrique Santos Discépolo, el siglo XXI no está exento de contradicciones. Para enumerar sólo una de tantas, Irena Sendlerowa perdió su candidatura al Nobel de la Paz en 2007 frente a Al Gore, ex vicepresidente de Estados Unidos. La trabajadora social polaca salvó la vida de dos mil quinientos niños judíos de perecer en un campo de concentración. Al Gore piensa en verde pero antes apoyó desde su gobierno varias invasiones militares en muchos lugares del mundo. Ver para creer. Durante años, la historia de la heroína polaca permaneció oculta, hasta que, en 1999, un grupo de estudiantes estadounidenses dieron con ella en una investigación sobre los héroes del Holocausto. En 2000 este grupo escolar de Kansas escriben y representan la obra de teatro “Life in a Jar”(La vida en un frasco), inspirada en su vida.

Claro que poco le importaba a Sendler recibir Nobeles o premios varios. En 1965 la organización Yad Vashem de Jerusalén, la institución creada para honrar a las víctimas y los héroes del Holocausto le otorgó el título de “Justa entre las naciones” y se la nombró ciudadana honoraria de Israel. Pero en su país, recién en 2003 recibió la Orden de la Águila Blanca por el presidente de Polonia. En 2009, un año después de su muerte se filmó el telefilme “El corazón valiente de Irena Sendler”, protagonizada por la actriz Anna Paquin. Irena solía decir que salvar la vida de esos niños fueron la justificación de su existencia en la tierra y no un título para recibir la gloria.

DE TAL PALO, TAL ASTILLA

Hija única de Stanislaw Krzyzanowski, un médico rural, Irena aprendió de su progenitor los principios de solidaridad y humanidad. Siendo el único doctor en Otwock, pueblo cerca de Varsovia, le enseñó a respetar al prójimo más allá de su etnia o su clase social. "La razón por la cual rescaté a los niños tiene su origen en mi hogar, en mi infancia. Fui educada en la creencia de que una persona necesitada debe ser ayudada de corazón, sin mirar su religión o su nacionalidad”, dijo.

Su padre se contagió de tifus, empeñado en atender a los pobres, los más afectados por la epidemia, muchos de ellos judíos. Cuando estaba muriendo en 1917, dijo sus últimas palabras a su pequeña hija Irena, que tenía apenas siete años. “Si ves a alguien que se está ahogando, debes tratar de rescatarle, aunque no sepas nadar”. Ese último consejo de su padre lo siguió sin dudar a lo largo de su vida.

EL GUETO DE VARSOVIA

Irena trabajaba como administradora superior en el Departamento de Bienestar Social de Varsovia que operaba los comedores comunitarios de la ciudad, cuando Alemania invadió el país en 1939. Estos comedores proporcionaban comida, asistencia financiera y otros servicios para huérfanos, ancianos y pobres. Además entregaban ropa, medicinas y dinero a las familias judías. Para evitar las inspecciones, se las registraba bajo nombres católicos ficticios y se las anotaba como pacientes de enfermedades muy contagiosas como el tifus o la tuberculosis. Pero en 1942, con la designación de un área cerrada para alojar a los judíos, conocida como el gueto de Varsovia, las familias sólo podían esperar una muerte segura.

Por ese motivo, Irena decide unirse a la Zegota, organización clandestina de ayuda a los judíos. Con ayuda de un médico polaco, consiguió un título falso de enfermera para entrar en el gueto de Varsovia, que tenía unos cuatrocientos mil habitantes en sus inicios. En ese sitio infernal, los nazis trasladaban a los judíos polacos antes de deportarlos y ejecutarlos. Los nazis temían a la epidemia de fiebre tifoidea en el gueto y por eso permitieron que los médicos polacos atendieran a los heridos y se deshicieran de los cadáveres. Transcurridos tres años, las enfermedades, el hambre y las deportaciones a campos de concentración y de extermino redujeron la población del gueto a cincuenta mil habitantes.

LA NIÑA DE LA CUCHARA DE PLATA Y EL CRÍTICO LITERARIO

Una vez dentro, Irena convenció a los judíos de que sus hijos tenían más probabilidades de sobrevivir si ella los sacaba y los entregaba a familias católicas. Pensó que protegiendo primero a los niños, luego podrían reunirse con sus padres biológicos. Con la esperanza de reunir después a los niños con sus padres, escribió en clave los nombres de los menores y sus nuevas direcciones en varias tiras de papel que introdujo en dos frascos que luego enterró en el patio de un asistente. Aunque casi todos los padres murieron en los campos de concentración, los frascos rescataron las identidades.

Pronto entendió que el objetivo del gueto era la muerte de todos los judíos y que era urgente sacar al menos a los niños más pequeños para que tuviesen la oportunidad de sobrevivir. Fue así como comenzó a evacuarlos de todas las formas imaginables. Dentro de ataúdes, en cajas de herramientas, entre restos de basura, como enfermos de males muy contagiosos. Cualquier sistema era válido si conseguía sacar a los pequeños del infierno. Otra manera era a través de una iglesia con dos accesos, uno al gueto y otro secreto al exterior. Los niños entraban como judíos y salían al otro lado bendecidos como nuevos católicos.

Elzbieta Ficowska tenía cinco meses cuando una colaboradora de Irena le suministró un narcótico y la metió en una caja de madera con agujeros para que entrara el aire. Fue sacada del gueto junto con un cargamento de ladrillos, en un vagón tirado por un caballo, en julio de 1942. Su madre escondió una cuchara de plata entre las ropas de la niña. La cuchara llevaba grabado el apodo Elzunia y la fecha de nacimiento: 5 de enero de 1942. Elzbieta fue criada por la ayudante de Sendler, Stanislawa Bussoldowa, una viuda católica. Durante meses, la madre de Elzunia llamó por teléfono y escuchó los balbuceos de su hija. Poco tiempo después, la mujer y su marido perecieron en el gueto.

El caso de Michal Glowinski es distinto. Tuvo la fortuna de reunirse con sus padres, que lograron escapar del gueto. Hoy tiene setenta y siete años, es un prestigioso crítico literario, autor de numerosas obras sobre la teoría lingüística y miembro de la Academia Polaca de Ciencias. Antes de esto, fue un niño al que Irena escondió en un convento en enero de 1943. En sus memorias “The black seasons” rescata su historia.” Le debo mi vida a la señora Sendler”, confesó Glowinski.

PERROS QUE LADRAN, NIÑOS QUE SE SALVAN

Las rutas de escape eran varias e ingeniosas. A veces, Irena y su equipo escondían a los niños en cajas y los sacaban en un camión. El conductor tenía un pastor alemán y lo hacía ladrar para hacer menos perceptible el llanto de los menores cuando el vehículo pasaba por los controles nazis. También se aprovechaba algún sótano secreto en los edificios que estaban en los límites del gueto amurallado para salir a la ciudad. Una vez fuera del horror, era necesario elaborar documentos falsos para los niños, darles nombres católicos y trasladarlos a un lugar seguro, normalmente monasterios y conventos, donde los religiosos siempre tenían las puertas abiertas para los niños del Gueto.

El 20 de octubre de 1943, la Gestapo allanó su apartamento en la noche y fue detenida. Fue trasladada a la prisión de Pawiak, donde fue condenada a muerte. Sufrió torturas donde le quebraron brazos y piernas, además de dejarle cicatrices en su cuerpo que nunca se le borrarían. Pese a la violencia, jamás reveló el nombre sus colaboradores ni la identidad ni el paradero de los niños que había rescatado. “Callé. Prefería morir que revelar nuestras actividades”, dijo en el libro “Madre de los niños del Holocausto: la historia de Irena Sendler”, escrito por Anna Mieszkowska.

Como todo ser luminoso, Irena tuvo su propio ángel de la guarda que la salvó de esa sentencia. Camino a la ejecución, un soldado de la Gestapo la dejó escapar, sobornado por la resistencia polaca. Desde entonces vivió en la clandestinidad y permaneció escondida con un nombre falso hasta el final de la guerra, en la que continuó participando activamente en la resistencia.

Irena fue integrante del Partido Socialista, lo cual le ocasionó problemas con los comunistas. Poco se sabe de su rol de esposa. En muchas de las fotografías de su juventud, aparece Irena con sus hijos pero no hay prácticamente figura masculina a su lado. Su primer marido fue Mieczyslaw Sendler pero se divorció al terminar la Segunda Guerra Mundial y más tarde se casó con Stefan Zgrzembski con quien tuvo dos hijos y una hija. Los interrogatorios y el hostigamiento de la policía secreta provocaron el nacimiento prematuro de su hijo Andrzej, quien murió dos semanas después. Su hijo Adam murió en 1999 y su hija Janka la sobrevive.

DOS MIL QUINIENTAS VIDAS EN FRASCOS

Con el final del conflicto se desenterraron los dos mil quinientos frascos escondidos bajo el manzano, y los dos mil quinientos niños rescatados del gueto recuperaron sus identidades olvidadas. La gran mayoría había perdido a sus padres. Muchos fueron enviados con otros familiares o se quedaron con familias polacas. Pero todos conservaron a lo largo de su vida un agradecimiento infinito a Irena Sendler.

Tras los nazis llegó el comunismo y la aventura de Irena quedó olvidada entre las nuevas doctrinas. Ella siguió criando a sus dos hijos, volvió a ser trabajadora social y a su vida tranquila, sólo truncada por las pintadas, en la puerta de su apartamento, en las que le acusaban de ser “amiga de los judíos” o la llamaban la “madre de judíos”. Seguramente para Irena se enorgullecía de esos motes, aunque prefería el silencio. Según su hija Janka, Irena callaba y nunca contaba nada de su pasado “por una mezcla de modestia y de temor a que le pudiera acarrear algún problema”. Janka aseguró que durante su vida, su madre mantuvo secretos y vivió como si estuviese en medio de una oscura conspiración.

Poco antes de morir, Irena pasaba sus últimos días en un asilo del centro de Varsovia. Siempre vestía de negro, en señal de luto por su hijo Adam, quien falleció de insuficiencia cardíaca en 1999. En silla de ruedas y con la sonrisa amable a flor de piel, reconocía su cansancio ante las frecuentes visitas y reconocimientos. En sus imágenes cuando era una joven asistente social intrépida, se la ve radiante. También refleja su bondad y felicidad con sus hijos Janka y Adam en una fotografía del verano de 1958. Las facciones de Irena son suaves y cálidas en su juventud y esa suavidad se mantiene cuando llegó a su vejez.

Irena Sendlerowa murió de neumonía en Varsovia el 12 de mayo de 2008. Tenía noventa y ocho años. Allí donde esté, los niños del gueto, seguramente seguirán agradecidos a su Jolanta, ese nombre clave que utilizó para que los pequeños la nombraran. Cada noche seguramente recordarán a esa mujer risueña que se atrevió a pensar en la paz en tiempos de guerra.

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