De la idealización a la aventura del amor real (*)


Sin querer establecer una verdad rotunda, posiblemente una de las principales causa del desencuentro entre hombres y mujeres que estamos observando en este siglo XXI sea el pedestal donde se ha colocado al amor, desde los tiempos de “Romeo y Julieta”. Esto ha hecho que hombres y mujeres crezcan con una noción del amor, donde se lo percibe como algo perfecto que nos abre las llaves a la felicidad y a todo lo demás.

En realidad, reconocer que no existe amor perfecto implica reconocer que no siempre el amor dura para toda la vida. Con esto no estamos diciendo que la pareja está determinada al fracaso. El mito de "hasta que la muerte los separe" ha hecho que cuando el proyecto se desgasta o cambia, lo que se siente es el fracaso.

Si las mujeres y los hombres adultos, cada vez que inician una relación, comienzan con unas expectativas sobre cómo debe ser su relación ideal, es natural que las más jóvenes y los más jóvenes, con menos experiencia, tengan más tendencia a la idealización. Pueden esperar que el amor sea aquello que ven en las películas o que presenciaron en alguna pareja modelo, que no tiene que ser precisamente la de sus padres.

Cuando esperamos más de lo que el otro nos puede dar, posiblemente sobrevenga la frustración. Esta idealización del amor es la que provoca los actuales miedos a conocer al otro. Si creemos que el amor debe implicar ataduras, cambios de caracteres y de personalidad, es comprensible que en la sociedad que vivimos de culto al individualismo, haya cierta resistencia a caer en sus redes. ¿Pero quién ha enseñado que el amor es cese de la libertad, comienzo de la pérdida de la personalidad y la ausencia de pensamiento crítico?

Quizá alguna de las respuestas puede estar en los artefactos de nuestra modernidad: las maestras en la escuela, la madre abnegada en la familia, el padre fuerte y autoritario en las pocas horas que pasa en el hogar. Pero en tiempos hipermodernos, ya no parece posible este orden patriarcal. Ahora tanto el padre como la madre pasan muchas horas fuera de casa. Entonces se sigue idealizando el amor por la incidencia de la cultura pero se sabe que no hay amor ideal en casa, aunque la obstinación humana intente alcanzar ese ideal amatorio que construyó su mente tras sus diversas influencias.

Entre esas influencias Walt Disney nos ha construido la idea del príncipe azul que nos besa y nos despierta, las películas de acción nos muestran a un aguerrido y fiero Rocky o mejor Rambo que nos rescata de la selva y así las mujeres crecen idealizando al caballero y sueñan con el valiente que las rescate de los obstáculos de la vida. Puede que un día te creas que encontraste a tu príncipe azul o bien que estás saliendo con Rambo pero un día, Rambo estornuda, se queja, se enferma, tiene mal humor y te das cuenta que la realidad poco tiene que ver con el ideal.

Lo cierto que sólo los valientes superan esa primera fase de pasión, devoción y entrega irracional al otro. El amor requiere de pasión, deseo, amistad, ternura, honestidad, comunicación y por supuesto, reciprocidad. Pero sobre todo requiere de seres osados, que se atrevan a asumir los desafíos del contacto con otro ser, tan diferente como humano. Si el enamoramiento ciega y no permite ver las verdaderas cualidades del otro, es necesario pasar a otras fases, donde aparezca la verdadera mirada y se pueda ver al otro cómo en realidad es y asumirlo como tal, sin frustraciones.

Debemos reescribir la concepción que tenemos sobre el amor. No sería mala idea enseñar clases de amor en las escuelas, institutos y centros públicos. Tampoco es una idea tan revolucionaria. Ya el desaparecido Leo Buscaglia comenzó a hacerlo en la Universidad del Sur de California, en Los Ángeles hace varias décadas atrás. Tras el suicidio de un alumno, Buscaglia quedó tan conmovido que implementó la asignatura Amor, y ese curso en la década del setenta, tuvo seiscientos asistentes. Más tarde, vinieron sus libros, de los cuales vendió más de veinte millones de ejemplares, sus conferencias televisadas y su figura emergente en temas de amor y autoayuda. En el caso que las instituciones educativas piensen en medidas de prevención en temas como la violencia y la sexualidad, impartir clases de amor puede ser un camino para la formación en valores y para prevenir falsas creencias sobre el amor. Seguramente, el índice de violencia contra la mujer descendería cuando un chico deje de pensar que sólo puede amar si posee y quiere obsesivamente.

En el camino de combate de todo aquello que pretenda endiosar al amor y ponerlo en un pedestal, es importante desvincular los conceptos de “sufrir, dolor, locura del amor, celos”. Cuando los hombres y las mujeres aprendan a asociar el amor a la comprensión, el respeto, la comunicación y reciprocidad, posiblemente hayamos comenzado a andar por buen camino.

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